El verano, aunque por un lado nos impulsa a la molicie y a una cierta relajación lectora, también es un momento ideal para sacar tiempo y recuperar textos a los que hace tiempo no acudimos. Una propuesta como cualquier otra –pero es en la que me hallo inmerso y gozoso- es la de leer y/o releer literatura, y en concreto novelas o textos narrativos, de nuestro Siglo de oro. Para que sirva de guía y de muestra de que hay vida más allá del Quijote, aquí va una lista bien jugosa y deleitosa:
Francesillo de Zúñiga, Crónica burlesca del emperador Carlos V. Un texto poco conocido y difundido –lo podéis encontrar en librerías de viejo o en la Biblioteca- del bufón de Carlos V, un enano con muy mala idea que hacía reír al emperador con sus chanzas y a nosotros con su crítica acerba y jocosa a todo lo que rodea al fasto de la corte.
Baltasar Gracián, El Criticón. Tal vez demasiado denso pero un no parar de maravillarse con el manejo del lenguaje, del retruécano, del equívoco, del doble sentido por parte del autor maño. El carácter alegórico puede casar menos con nuestro modelos de lectura, y el trazado de los personajes -el sabio prudente y el ingenuo salvaje traído a la civilización-, poco más que cascarones para ideas, puede desnortar, pero cada aventura, moralinas aparte, es un festival de ingenio.
María de Zayas, Novelas amorosas y ejemplares. Breves narraciones con un estilo ágil que buscan el entretenimiento mediante las cuitas de amor de sus protagonistas. Aunque la comparación sea odiosa, recuerda en cierto modo a las novelas sentimentales de las colecciones actuales, pero basada en la brevedad y en la búsqueda del argumento atractivo sin artificiosidad.
Diego Duque de Estrada, Memorias. Aunque está trufada de las vivencias y aventuras de este noble, el subtítulo (Comentarios del desengañado de sí mismo) nos muestra la faceta crítica y moral tan del gusto barroco.
Vida del capitán Alonso de Contreras. Olvidaos de Alatriste: si lo que se busca son hazañas de un militar aventurero en el Siglo de oro, esta breve obrita nos cuenta de manera desenfadada algunas de las expediciones de este soldado, quien no duda en ponderar sus virtudes y quiere caernos simpático. Ameno y esclarecedor.
Gregorio González, El guitón Onofre. Desventuras y más desventuras son las que sufre este personaje salido del magín de un escritor riojano, y que en nuestros pagos ha sido objeto incluso de versiones en forma de cómic. Un ejemplo clásico de novela picaresca.
Lope de Vega, Novelas a Marcia Leonarda. Lope le cuenta a una mujer –una de sus múltiples amantes, al parecer- cuentos desprovistos de pretensiones en los que se mezcla la novela bizantina, de viajes y maravillas, con la novela costumbrista de la época. Su objetivo: entretener a la destinataria en sus ratos de asueto y antes de dormir. Con nosotros lo consigue.
6/7/07
28/6/07
La Metafísica y el mono
Mínima llamada de atención sobre una novela desopilante, con muy mal café y que, como se suele decir, reparte palos a diestro y siniestro: La metafísica y el mono, de Carlos Eugenio López (Lengua de Trapo, 2007). Con la manida excusa de la edición de un texto esencial imperdonablemente relegado al olvido, el autor "recupera" un libro traducido a todas las lenguas cultas ("e incluso a un buen número de las consideradas incultas, como el tártaro de la estepa o el euskera de concejo y sacristía"), que está llamado a convertirse en un hito como el Quijote de Rico -los palos, como digo, van para todo bicho viviente-. Pues bien, esta Metafísica y el mono (750 paginitas de nada) es un texto en que Alexandrós nos cuenta su vida y la de sus conciudadanos en la Grecia del siglo XIX, en un pequeño pueblo en
que priman la rivalidad entre la familia, donde, supuestamente, la visión del mundo se aprecia en los sucesos vividos (algunos tan importantes como plantar adelfas en medio de un camino escarpado por el que pasan los burros y que provoca un conflicto extraordinario; que de repente aparezca un pastor gallego, justificado por el hecho de que "sabido es que hay gallegos en todas partes"; o el hecho de que el Poeta Vasilis, en su Copla a la muerte del capitán Nikíforos, compuesta a la sazón en Calatayud, coincida letra a letra con la obra de Jorge Manrique). Mil anécdotas e historias -con todo tipo de anacronismos y anatopismos e irreverencias- con el único fin de poner en solfa todo lo habido y por haber, interpretadas por críticos tan prestigiosos como Von Bonn, Iñaki Pedrolari -párroco de Cestona que ve todo bajo el prisma de la entomología euskérica- o Jordi Papa i Rucha en notas que trufan todo el libro y que, aunque a veces son un poco agotadoras, contribuyen a ese carácter totalmente irreverente.
Una novela no para todos los gustos, francamente divertida y original, y que merece formar parte de una escasa tradición pero que ha dado obras tan brillantes como la Parábola de Carmen la Reina de Manuel Talens. No os las perdáis.
Os adjunto aquí un fragmento que ofrece la página web de la editorial:http://www.lenguadetrapo.com/00128-NB-ficha.html
Otros pleitos duraron más, pero también empezaron por motivos más importantes. El nuestro lo originó una simple adelfa en el camino.Parece que la abuela Estazula, que entonces aún no había perdido la articulación del codo, plantó la adelfa en la esquina de la torre que daba al kalderími del lavadero. La elección de la esquina, impecable desde el punto de vista estético, no era, sin embargo, la más adecuada a tenor de la ingrata topografía de Jora (Ano y Kato). Aun despejado, el camino del lavadero apenas si permitía el tránsito de las acémilas que acarreaban el agua desde el pozo comunal, y una adelfa, en ese lugar, estaba llamada a traer problemas a nada que le diera por crecer un poco.La tía Vula fue la primera en vislumbrar las nubes de la tormenta y la abuela Estazula se mostró desde el primer momento dispuesta, con todo el dolor de su corazón, a arrancar la adelfa, que ya empezaba a echar flores.—Froso, la de Mijalis —le contó la tía Vula a la abuela—, dice que la adelfa no deja pasar bien a los borricos, y que la calle no es nuestra.La abuela Estazula no se lo pensó demasiado. Froso tenía una mancha de nacimiento en un carrillo, y con ese tipo de gente nunca sobraba andarse con tiento. Muy bien podía denotar algún pacto secreto con el diablo—Pues si la adelfa no deja pasar a los borricos, se arranca la adelfa, y aquí paz y después gloria —concluyó, mientras se hacía un triple signo de la cruz.Y ahí podía haber acabado perfectamente la cosa de no habérsele apagado, días más tarde, el narguile al abuelo Panagos.—¡Ifiguenia, la pipa! —gritó mi abuelo, necesitado de un carboncillo para avivar el tiro del narguile.—Ya se lo traigo yo, patéra —se ofreció solícita, y es de suponer que con la mejor intención del mundo, la tía Vaso, que estaba al lado—. Ifiguenia está ayudando a la abuela a arrancar la adelfa de la calle.Al abuelo la adelfa, como cualquier planta no comestible, le tocaba bastante las narices. En otras circunstancias, la podría haber hecho arrancar perfectamente él por el mero afán de apuntalar su autoridad o el simple capricho de martirizar a la abuela. Pero, por esas mismas razones, el comentario de la tía Vaso le sacó de órbita su único ojo.—¡Y quién leches les ha mandado a esas dos mierdas que arranquen la adelfa! —explotó.La tía Vaso, queriéndolo arreglar, lo estropeó aún más:—Es que parece que a los Brajeas —explicó— les molesta cuando bajan con los borricos a por el agua.Nunca hubiera abierto la boca. Además de haberse ahorrado ella una solemne bofetada, nos habría librado a todos de un martirio.—¡Dile ahora mismo a esas dos puercas que dejen la adelfa en paz o bajo yo y las subo por los pelos del coño! —bramó el abuelo.A la tía Vaso debió por fuerza de chocarle cómo había de poder su suegro, siendo manco, subir a la vez a la abuela y la tía Ifiguenia cogidas de ninguna parte; pero, en un ejercicio de sensatez más allá de la lógica, se limitó a cumplir la orden sin rechistar y como un relámpago. Lo mismo hicieron, por lo que les tocaba, y con igual motivo y diligencia, la abuela y la tía Ifiguenia. De forma que la adelfa, de cuyo cuidado responsabilizó el abuelo a la prima Mosja, bajo la pena de arrancarle las uñas a mordiscos en la eventualidad de que, por la razón que fuese, la planta acabase secándose, siguió en su sitio. Y, harta de agua y cagarrutas de cabra, agarró con tal fuerza a la roca, que se la veía crecer de semana en semana y aun de día en día.Los Brajeas, en público al menos, no volvieron a hacer ningún comentario al respecto. Sus burros bajaban y subían de la fuente arriesgando la integridad de los cántaros cada vez que llegaban a la esquina de nuestra torre, y, al verlos tambalearse, el abuelo, que contemplaba tan inestables equilibrios desde su diván, le daba sistemáticamente una honda calada a la pipa y mascullaba un satisfecho «¡que se jodan!» por el lado de la boca que le dejaba libre la boquilla del narguile.Pero, más allá de ese estrecho horizonte, las nubes ya se estaban congregando. Que descargaran era sólo cuestión de tiempo.Y descargaron en mitad de la noche, al acercarse el abuelo a la ventana a aliviar su cada día más incontinente vejiga.—¡Hijos de la zorrísima! —se le oyó tronar, con el órgano nmingatorio aún en la mano.Yanis, que, por si un aquel y aunque no teníamos ningún pleito abierto con nadie en ese momento, estaba de guardia en la ventana opuesta, armó sin pensarlo un momento el mosquete.—¿Qué ocurre, patéra? —preguntó, indeciso entre acudir a la otra ventana o descerrajar un tiro a un gato que pasaba en aquel momento frente a su mira.—¡Hijos de la zorrísima! —repitió, por toda aclaración, el abuelo y, después de una pausa como para reflexionar sobre la enormidad de lo que estaba viendo su único ojo, aún insistió por tercera vez: —¡Hijos de la zorrísima!Para entonces, la magnitud de lo acontecido era ya conocida por toda la torre, con la excepción del tío Yanis, que no se determinaba a abandonar su puesto. Una mano alevosa había arrancado la adelfa de cuajo y, en un gesto de burla y desafío, aún había tenido tiempo para dejar una solitaria flor sobre el lugar de los hechos.El tío Tasos, racional siempre, descifró enseguida el mensaje:—Nos están llamando capullos.Su hermano Kostas, que, evidentemente, aún estaba vivo, asintió y fue todavía más lejos:—Nos están llamando capullos y aquí se van a saltar por los aires los sesos de alguien.
***
que priman la rivalidad entre la familia, donde, supuestamente, la visión del mundo se aprecia en los sucesos vividos (algunos tan importantes como plantar adelfas en medio de un camino escarpado por el que pasan los burros y que provoca un conflicto extraordinario; que de repente aparezca un pastor gallego, justificado por el hecho de que "sabido es que hay gallegos en todas partes"; o el hecho de que el Poeta Vasilis, en su Copla a la muerte del capitán Nikíforos, compuesta a la sazón en Calatayud, coincida letra a letra con la obra de Jorge Manrique). Mil anécdotas e historias -con todo tipo de anacronismos y anatopismos e irreverencias- con el único fin de poner en solfa todo lo habido y por haber, interpretadas por críticos tan prestigiosos como Von Bonn, Iñaki Pedrolari -párroco de Cestona que ve todo bajo el prisma de la entomología euskérica- o Jordi Papa i Rucha en notas que trufan todo el libro y que, aunque a veces son un poco agotadoras, contribuyen a ese carácter totalmente irreverente.Una novela no para todos los gustos, francamente divertida y original, y que merece formar parte de una escasa tradición pero que ha dado obras tan brillantes como la Parábola de Carmen la Reina de Manuel Talens. No os las perdáis.
Os adjunto aquí un fragmento que ofrece la página web de la editorial:http://www.lenguadetrapo.com/00128-NB-ficha.html
Otros pleitos duraron más, pero también empezaron por motivos más importantes. El nuestro lo originó una simple adelfa en el camino.Parece que la abuela Estazula, que entonces aún no había perdido la articulación del codo, plantó la adelfa en la esquina de la torre que daba al kalderími del lavadero. La elección de la esquina, impecable desde el punto de vista estético, no era, sin embargo, la más adecuada a tenor de la ingrata topografía de Jora (Ano y Kato). Aun despejado, el camino del lavadero apenas si permitía el tránsito de las acémilas que acarreaban el agua desde el pozo comunal, y una adelfa, en ese lugar, estaba llamada a traer problemas a nada que le diera por crecer un poco.La tía Vula fue la primera en vislumbrar las nubes de la tormenta y la abuela Estazula se mostró desde el primer momento dispuesta, con todo el dolor de su corazón, a arrancar la adelfa, que ya empezaba a echar flores.—Froso, la de Mijalis —le contó la tía Vula a la abuela—, dice que la adelfa no deja pasar bien a los borricos, y que la calle no es nuestra.La abuela Estazula no se lo pensó demasiado. Froso tenía una mancha de nacimiento en un carrillo, y con ese tipo de gente nunca sobraba andarse con tiento. Muy bien podía denotar algún pacto secreto con el diablo—Pues si la adelfa no deja pasar a los borricos, se arranca la adelfa, y aquí paz y después gloria —concluyó, mientras se hacía un triple signo de la cruz.Y ahí podía haber acabado perfectamente la cosa de no habérsele apagado, días más tarde, el narguile al abuelo Panagos.—¡Ifiguenia, la pipa! —gritó mi abuelo, necesitado de un carboncillo para avivar el tiro del narguile.—Ya se lo traigo yo, patéra —se ofreció solícita, y es de suponer que con la mejor intención del mundo, la tía Vaso, que estaba al lado—. Ifiguenia está ayudando a la abuela a arrancar la adelfa de la calle.Al abuelo la adelfa, como cualquier planta no comestible, le tocaba bastante las narices. En otras circunstancias, la podría haber hecho arrancar perfectamente él por el mero afán de apuntalar su autoridad o el simple capricho de martirizar a la abuela. Pero, por esas mismas razones, el comentario de la tía Vaso le sacó de órbita su único ojo.—¡Y quién leches les ha mandado a esas dos mierdas que arranquen la adelfa! —explotó.La tía Vaso, queriéndolo arreglar, lo estropeó aún más:—Es que parece que a los Brajeas —explicó— les molesta cuando bajan con los borricos a por el agua.Nunca hubiera abierto la boca. Además de haberse ahorrado ella una solemne bofetada, nos habría librado a todos de un martirio.—¡Dile ahora mismo a esas dos puercas que dejen la adelfa en paz o bajo yo y las subo por los pelos del coño! —bramó el abuelo.A la tía Vaso debió por fuerza de chocarle cómo había de poder su suegro, siendo manco, subir a la vez a la abuela y la tía Ifiguenia cogidas de ninguna parte; pero, en un ejercicio de sensatez más allá de la lógica, se limitó a cumplir la orden sin rechistar y como un relámpago. Lo mismo hicieron, por lo que les tocaba, y con igual motivo y diligencia, la abuela y la tía Ifiguenia. De forma que la adelfa, de cuyo cuidado responsabilizó el abuelo a la prima Mosja, bajo la pena de arrancarle las uñas a mordiscos en la eventualidad de que, por la razón que fuese, la planta acabase secándose, siguió en su sitio. Y, harta de agua y cagarrutas de cabra, agarró con tal fuerza a la roca, que se la veía crecer de semana en semana y aun de día en día.Los Brajeas, en público al menos, no volvieron a hacer ningún comentario al respecto. Sus burros bajaban y subían de la fuente arriesgando la integridad de los cántaros cada vez que llegaban a la esquina de nuestra torre, y, al verlos tambalearse, el abuelo, que contemplaba tan inestables equilibrios desde su diván, le daba sistemáticamente una honda calada a la pipa y mascullaba un satisfecho «¡que se jodan!» por el lado de la boca que le dejaba libre la boquilla del narguile.Pero, más allá de ese estrecho horizonte, las nubes ya se estaban congregando. Que descargaran era sólo cuestión de tiempo.Y descargaron en mitad de la noche, al acercarse el abuelo a la ventana a aliviar su cada día más incontinente vejiga.—¡Hijos de la zorrísima! —se le oyó tronar, con el órgano nmingatorio aún en la mano.Yanis, que, por si un aquel y aunque no teníamos ningún pleito abierto con nadie en ese momento, estaba de guardia en la ventana opuesta, armó sin pensarlo un momento el mosquete.—¿Qué ocurre, patéra? —preguntó, indeciso entre acudir a la otra ventana o descerrajar un tiro a un gato que pasaba en aquel momento frente a su mira.—¡Hijos de la zorrísima! —repitió, por toda aclaración, el abuelo y, después de una pausa como para reflexionar sobre la enormidad de lo que estaba viendo su único ojo, aún insistió por tercera vez: —¡Hijos de la zorrísima!Para entonces, la magnitud de lo acontecido era ya conocida por toda la torre, con la excepción del tío Yanis, que no se determinaba a abandonar su puesto. Una mano alevosa había arrancado la adelfa de cuajo y, en un gesto de burla y desafío, aún había tenido tiempo para dejar una solitaria flor sobre el lugar de los hechos.El tío Tasos, racional siempre, descifró enseguida el mensaje:—Nos están llamando capullos.Su hermano Kostas, que, evidentemente, aún estaba vivo, asintió y fue todavía más lejos:—Nos están llamando capullos y aquí se van a saltar por los aires los sesos de alguien.
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ARRABAL
Desde hace tiempo, Arrabal es solo Arrabal: sobran las etiquetas para un personaje contracorriente, incluso la del nombre que ya no utiliza para firmar su obra, y que ha demostrado no solo su capacidad para "épater" -aún resuena en nuestra memoria el famoso episodio del "mineralismo"; para quienes no lo recordéis, podéis ir a Youtube- sino también para levantar un mundo propio a base de delirios y una extraordinaria capacidad creadora. Y aunque Arrabal parece ya una vaca sagrada que, como tal, solo sus iniciados son capaces de degustar, lo cierto es que siempre la lectura de su obra puede proporcionar experiencias interesantes. Dos volúmenes vienen recientemente a aumentar el caudal de la obra ingente de este prolífico autor: el primero, Diccionario pánico (Zaragoza, Libros del Innombrable, 2007), es un nuevo volumen que esta editorial voluntariosa dedica a Arrabal, reeditando y revisando un texto clásico. El mundo de Arrabal se desintegra en átomos para digerirlo mejor, y así lo que vemos es una clasificación lexicográfica, acompañada de los conocidos "arrabalescos", al modo de las greguerías ramonianas, y de las jaculatorias. Una mínima muestra:
Beso: La quería tanto que, al separarse de ella, tras besarla, se quedaron enganchados los labios de su amada a los suyos con unos cachos de mantilla y de mejilla. ¡Qué maravilla!
Término medio: Demasiado perverso para vivir supeditado al azar y demasiado bueno para necesitar un redentor.
Arrabalomanía: Obsesión, casi siempre positiva, de aquellos que consideran que, trenzada a mi obra, mi vida se alza como instalación poética [...]
El confesor anarquista se lamenta: "¡Qué tiempos!: muchos son los pecados... pero ¡cuán pocos los cometidos!".
El cero pone en tela de juicio mis infinitos como la pornografía mis pecados.
Y, a propósito de cero, este es uno de los personajes que junto con Infinito acompañan,
aconsejan y condicionan al protagonista de la última "novela" publicada de Arrabal, Como un paraíso de locos (Bruguera, 2007), que no podía ser otro que el propio Arrabal. En una suerte de autobiografía hecha de retazos, cuenta su vida desde el condicionamiento de la Inclusa y lo aprendido allí y en la Escuela Ortogénica, condicionado por el General, por la señora y por la joven Lilibeth, quien le confiesa su amor y con quien entabla diálogos "patafísicos". Inútil sería buscar en Arrabal una novela convencional: pequeños capítulos en que lo que prima es el estilo, la boutade, la lógica deshecha, el autopsicoanálisis, etc. Un monumento a la locura, ya presente desde la parodia del Bosco de la portada. Un perfecto ejemplo de lo que este autor es capaz de dar.
Beso: La quería tanto que, al separarse de ella, tras besarla, se quedaron enganchados los labios de su amada a los suyos con unos cachos de mantilla y de mejilla. ¡Qué maravilla!
Término medio: Demasiado perverso para vivir supeditado al azar y demasiado bueno para necesitar un redentor.
Arrabalomanía: Obsesión, casi siempre positiva, de aquellos que consideran que, trenzada a mi obra, mi vida se alza como instalación poética [...]
El confesor anarquista se lamenta: "¡Qué tiempos!: muchos son los pecados... pero ¡cuán pocos los cometidos!".
El cero pone en tela de juicio mis infinitos como la pornografía mis pecados.
Y, a propósito de cero, este es uno de los personajes que junto con Infinito acompañan,
aconsejan y condicionan al protagonista de la última "novela" publicada de Arrabal, Como un paraíso de locos (Bruguera, 2007), que no podía ser otro que el propio Arrabal. En una suerte de autobiografía hecha de retazos, cuenta su vida desde el condicionamiento de la Inclusa y lo aprendido allí y en la Escuela Ortogénica, condicionado por el General, por la señora y por la joven Lilibeth, quien le confiesa su amor y con quien entabla diálogos "patafísicos". Inútil sería buscar en Arrabal una novela convencional: pequeños capítulos en que lo que prima es el estilo, la boutade, la lógica deshecha, el autopsicoanálisis, etc. Un monumento a la locura, ya presente desde la parodia del Bosco de la portada. Un perfecto ejemplo de lo que este autor es capaz de dar.
27/6/07
Amos OZ, Príncipe de Asturias
Durante nuestro curso, en varias ocasiones hemos hablado de la cuestión de la influencia judía y de su peso en la cultura actual. Pues bien: si hay alguien que ha tratado de conciliar ese judaísmo con su acérrimo enemigo en Israel, el mundo árabe, ése es Amos Oz, quien acaba de ser galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras. Poco conocido aún por el gran público -recuerda su caso tal vez al de Orham Pamuk-, sin embargo se han ido publicando con notable aceptación y calidez por parte de la crítica la mayoría de sus grandes obras -me resisto a decir novelas, pues en algunas de ellas el peso autobiográfico es esencial-. Para valorar el conflicto israelí, Oz parte de su experiencia personal, desde que de joven vivió en un kibutz hasta la conciencia de que el pueblo palestino acaso tenga motivos para su actuación. Polémico, por tanto, pero sobre todo un gran escritor: basta con acercarse a una de las posibles candidatas para la lectura el año que viene, Mi querido Mijael, historia de un matrimonio frustrado contada por la mujer; o su gran novela autobiográfica Una historia de amor y oscuridad.
14/6/07
Jornadas Antonio Cillero
Tal vez hayáis tenido ya oportunidad de acudir, pero si no, aún continúan las Jornadas que el Instituto de Estudios Riojanos está desarrollando esta semana como homenaje a la figura del escritor riojano recientemente fallecido Antonio Cillero. Las actividades para el viernes y el sábado son las siguientes:
Viernes, 15 de junio de 2007. Ateneo Riojano de Logroño.
20.00 h. Recital poético sobre la obra de Antonio Cillero Ulecia.
Presenta: Miguel Ángel Muro.
Óscar Hierro, catedrático de Lengua Castellana y Literatura del I.E.S. P. M. Sagasta.
Alberto Vidal, filólogo, impresor, escritor, actor y músico.
Sábado, 16 de junio de 2007. Centro Cultural Ibercaja de Logroño.
20.00 h. Representación teatral de Los dioses se han fatigado de Antonio Cillero Ulecia.
Asociación Nuevo Retablo.
Dirección: Aurora Cillero Azofra.
Escenografía y atrezzo: Marta Cillero Azofra.
Viernes, 15 de junio de 2007. Ateneo Riojano de Logroño.
20.00 h. Recital poético sobre la obra de Antonio Cillero Ulecia.
Presenta: Miguel Ángel Muro.
Óscar Hierro, catedrático de Lengua Castellana y Literatura del I.E.S. P. M. Sagasta.
Alberto Vidal, filólogo, impresor, escritor, actor y músico.
Sábado, 16 de junio de 2007. Centro Cultural Ibercaja de Logroño.
20.00 h. Representación teatral de Los dioses se han fatigado de Antonio Cillero Ulecia.
Asociación Nuevo Retablo.
Dirección: Aurora Cillero Azofra.
Escenografía y atrezzo: Marta Cillero Azofra.
7/6/07
El otro Banville
¿Os imagináis a Banville, el autor de nuestra lectura EL mar, entregado a la novela detectivesca y sacrificando parte de su estilo y de sus digresiones en favor de un mayor dinamismo y de más
peripecia narrativa? Pues eso es lo que propone la novela de Benjamin Black, heterónimo de Banville, El secreto de Christine. Lo edita Alfaguara, y bajo este nombre no se ocultan algunas de las cualidades que ya hemos trabajado en Banville: densidad, cierta complejidad estilística, voluntad por crear sensaciones... Pero ahora se sitúa en primer plano una intriga sobre una red de tráfico de niños en un orfanato de los años 50, y que tiene como telón de fondo los subterfugios y tejemanejes de la iglesia católica irlandesa de la época. Quirke, un patólogo de poco recomendable catadura, será el encargado de desenmarañar la historia que lleva a un niño de Irlanda a América.
Por cierto: Banville y su modestia. Ante las preguntas sobre las diferencias entre esta obra y las firmadas con su nombre, no tiene reparos en contestar que "tengo toda la intención de que Benjamin Black -este año o el siguiente- gane el Booker Prize. Para Banville dejaré que le den el Nobel."
peripecia narrativa? Pues eso es lo que propone la novela de Benjamin Black, heterónimo de Banville, El secreto de Christine. Lo edita Alfaguara, y bajo este nombre no se ocultan algunas de las cualidades que ya hemos trabajado en Banville: densidad, cierta complejidad estilística, voluntad por crear sensaciones... Pero ahora se sitúa en primer plano una intriga sobre una red de tráfico de niños en un orfanato de los años 50, y que tiene como telón de fondo los subterfugios y tejemanejes de la iglesia católica irlandesa de la época. Quirke, un patólogo de poco recomendable catadura, será el encargado de desenmarañar la historia que lleva a un niño de Irlanda a América.Por cierto: Banville y su modestia. Ante las preguntas sobre las diferencias entre esta obra y las firmadas con su nombre, no tiene reparos en contestar que "tengo toda la intención de que Benjamin Black -este año o el siguiente- gane el Booker Prize. Para Banville dejaré que le den el Nobel."
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